Contenido del curso
Módulo I: Introducción a la Cristología
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Módulo I: Tema 1. ¿Qué es la Cristología y por qué importa hoy?
¿A ver, en serio? ¿Qué relevancia tiene la ejecución de un carpintero judío hace dos mil años para nuestra sociedad actual, tan distinta en todos los aspectos? A primera vista, parece la cosa más anacrónica del mundo. Pero justo ahí es donde entra la Cristología, que viene a decirnos: “Espera un momento, ¡que esta historia tiene algo potente que decirte hoy!”
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Módulo II: La Historia de Jesús de Nazaret
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Módulo II. Tema 1. ¿Qué sabemos realmente de Jesús de Nazaret?
Cuando hablamos de Jesús de Nazaret, no solo nos referimos a un personaje del pasado, sino al corazón de una de las mayores preguntas de la humanidad: ¿fue un personaje histórico o un mito construido por la fe? La investigación más estricta habla del Jesús histórico y no hay dudas sobre su existencia,nos muestra a un predicador real que vivió en Galilea, fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato y dejó una huella indeleble. Pero la teología nos recuerda que su vida y muerte no solo marcaron una época, sino que transformaron la historia al anunciar que ese Jesús no quedó en la cruz, sino que resucitó. ¿Qué hay, entonces, de cierto? ¿Qué sabemos realmente de él? Aquí es donde mito y realidad se encuentran en un cruce que sigue fascinando al mundo.
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Módulo II. Tema 2. El mensaje de Jesús.
Jesús de Nazaret iba mucho más allá de dar lecciones de moral. Hablaba de algo que llamaba el “Reino de Dios”, y esa idea era un bombazo para su época… y sigue siéndolo hoy. Anunció que Dios continuaba actuando en la historia a lo grande, con un amor bestial, relacionándose con todos de una manera inaudita que cambia el mundo. Y ojo, porque cuando pillas de qué va esto, te das cuenta de que puede poner tu vida patas arriba.
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Módulo III. La Muerte de Jesús
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Módulo III. Tema 2. La pasión
La historia de la Pasión es el relato de una entrega radical, de un amor llevado hasta el extremo y de una aparente derrota que terminaría cambiando el mundo.
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Módulo IV. La Resurrección de Jesús
La Resurrección de Jesús es el núcleo de la fe cristiana. Sin ella, Jesús sería solo otro líder que acabó mal. Pero algo pasó. Algo que convirtió a unos discípulos asustados en testigos dispuestos a morir por lo que habían visto. ¿Qué ocurrió realmente? Los primeros cristianos lo tuvieron claro: Jesús ha resucitado. Lo expresaron en confesiones de fe, en himnos, en relatos que lo cambiaron todo. El sepulcro vacío y las apariciones fueron clave. No fue solo una idea bonita, fue una explosión que sacudió la historia. Dios había sido fiel. La muerte no tenía la última palabra. Y con eso nació la Iglesia. Aquí vamos a meternos de lleno en este misterio. Sin filtros, sin adornos. Lo que creyeron, lo que vivieron y lo que eso significa hoy.
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Módulo IV. Tema 2. El impacto de la Resurrección en la fe cristiana
La Resurrección fue el giro que lo cambió todo. Transformó el miedo en valentía, el luto en esperanza y a un grupo de seguidores inseguros en una comunidad imparable. Si Jesús vive, Dios es fiel. Si ha vencido a la muerte, su promesa es real. Y con esa certeza nació la Iglesia, una historia que aún sigue escribiéndose.
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Módulo V. La fe en Jesucristo
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Módulo V. Tema 1. El Misterio de Cristo, único Señor
Este tema entra de lleno en el corazón de la fe cristiana: quién es Jesús y por qué lo reconocemos como Señor. Exploramos cómo los primeros cristianos formularon su fe con claridad en los credos, cómo la Iglesia respondió con profundidad en los concilios y cómo esto sigue teniendo fuerza hoy. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, Salvador y Mediador. No es una figura lejana, es presencia viva que transforma. Aquí descubrimos por qué decir “Creo en Jesucristo” es una confesión cargada de sentido y esperanza.
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Cristología para principiantes

La expulsión de los mercaderes del Templo. Un gesto que desató el conflicto

La expulsión de los mercaderes no es un acto fundacional. Es el momento en que Jesús pone el Reino de Dios frente al poder religioso. Donde la gracia se opone al negocio. Donde la presencia de Dios rompe las estructuras que intentan encerrarla. Y por eso, lo mataron.

Desde la cristología, esta escena nos invita a preguntarnos: ¿dónde hemos vuelto a montar templos que excluyen? ¿Dónde hemos convertido la fe en negocio? ¿Dónde seguimos vendiendo lo que Dios da gratis?

Jesús, con su gesto, no solo denunció el Templo de Jerusalén. Denunció todos los templos que no dejan pasar a Dios. Y nos recordó que el verdadero templo… empieza en el corazón que se deja transformar.

¿Qué pasaba realmente en el Templo? 

El Templo de Jerusalén no era un simple lugar de culto. Era el centro nacional, religioso, económico y simbólico del pueblo de Israel. Se consideraba la morada de Dios, el lugar donde el cielo y la tierra se tocaban, donde se hacían los sacrificios para la expiación de los pecados, y donde la presencia divina se manifestaba de forma única.

Pero para entender su importancia hay que ver el funcionamiento interno. El Templo tenía un sistema de sacrificios animales que requería que cada peregrino trajera una ofrenda específica: corderos, palomas, bueyes… Pero estos animales debían ser «puros» y validados por los sacerdotes. Los que traían animales de fuera, muchas veces eran rechazados. ¿Solución? Comprar en los puestos oficiales del Templo, donde los precios estaban inflados. Lo mismo pasaba con el cambio de moneda: el impuesto del Templo debía pagarse con una moneda específica, sin imágenes paganas, lo que forzaba a los peregrinos a cambiar su dinero —normalmente romano o griego— por la “moneda del Templo”… con comisión incluida.

Todo esto estaba supervisado por la élite sacerdotal, sobre todo los saduceos, que eran la clase alta religiosa aliada con el poder romano. Controlaban el culto y también la economía que lo sostenía. En otras palabras: el Templo, que debería ser casa de oración para todos los pueblos (Is 56,7), se había convertido en una máquina de exclusión, privilegio y negocio.

Y ahí entra Jesús. Y lo desarma. Con una sola acción.

 

Una profecía encarnada que lo cambia todo

El acto de volcar las mesas y expulsar a los vendedores no es un arrebato. Es un gesto profético, profundamente enraizado en la tradición de Israel. Los profetas del Antiguo Testamento —Jeremías, Amós, Isaías— ya habían denunciado un culto vacío, ritualista, que ignoraba la justicia. En concreto, Jeremías 7 habla de los que confían en el Templo mientras oprimen al pobre, derraman sangre inocente y caminan tras dioses ajenos. Jesús repite esas mismas palabras: “Habéis convertido la casa de mi Padre en una cueva de ladrones.”

Pero Jesús no solo denuncia con palabras. Lo hace desde dentro del sistema, atacando el centro neurálgico. Entra como un profeta mesiánico en plena Pascua, la fiesta más importante del año. Y actúa públicamente, sin esconderse. Esto no es una pataleta moral: es una declaración escatológica. Jesús está diciendo, con su cuerpo, que el tiempo del Templo ha terminado. Que Dios no está encerrado entre muros ni en sacrificios animales. Que el Reino ha llegado, y ya no pasa por un sistema religioso que excluye y comercia con la fe.

Este acto, en clave cristológica, es potentísimo: Jesús se presenta como el nuevo Templo, el verdadero lugar donde se encuentra a Dios. Juan 2,21 lo dice abiertamente: “Él hablaba del templo de su cuerpo.” Esto significa que el acceso a Dios ya no se dará por mediación de estructuras corruptas, sino a través de la persona de Jesús, su palabra, su vida, su entrega.

Es más: esta acción es, para los evangelistas, el punto de inflexión que acelera su muerte. En los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), la expulsión de los mercaderes marca el inicio de la conspiración formal contra él. En Juan, curiosamente, este episodio aparece al inicio del ministerio público, como una declaración de intenciones. Pero en ambos casos, la teología es la misma: Jesús desautoriza el viejo sistema para inaugurar el nuevo.

 

El conflicto con el poder

Desde una perspectiva cristológica, este episodio nos obliga a repensar dos cosas muy serias: qué tipo de Dios revela Jesús, y qué tipo de Mesías se atreve a ser.

Jesús no denuncia el Templo por odio a la institución, sino porque el Templo ha perdido su vocación: ser un espacio de encuentro con Dios para todos. En vez de eso, se ha convertido en una estructura que filtra la gracia, que la vende y que deja fuera a los que no cumplen ciertas condiciones. Jesús pone el dedo en la llaga: la verdadera religión no es sacrificio, es misericordia.

Esto no podía ser tolerado. No por los sacerdotes, que perdían autoridad. No por los romanos, que veían peligrar el control. Y no por los nacionalistas, que esperaban un Mesías guerrero, no uno que denunciara a su propio pueblo.

Jesús se convirtió en una figura insoportable porque no respondía a ninguna expectativa y al mismo tiempo las desbordaba todas. Su gesto en el Templo resume su misión: abrir de par en par las puertas de Dios, y hacerlo de una forma escandalosa para las estructuras de poder.

 

Claves cristológicas

En este gesto se revelan tres cosas fundamentales para la cristología:

  1. Jesús no es un reformador del sistema religioso. No vino a limpiar un poco el Templo. Vino a mostrar que ese modelo ya no servía. Él es el nuevo acceso a Dios. Lo que antes pasaba por sacerdotes, sacrificios y normas, ahora pasa por su persona, su cuerpo entregado, su sangre derramada.

  2. La cruz no fue un accidente. Fue la consecuencia lógica de enfrentarse a un sistema que no podía tolerar la verdad. Jesús muere no solo por lo que predicaba, sino por lo que encarnaba: un Dios que rompe privilegios y opta por los últimos.

  3. La verdadera espiritualidad no es cómoda. Jesús nos enseña que encontrarse con Dios no es repetir ritos sin corazón, sino dejarse tocar por la compasión, por la justicia, por la inclusión. Su gesto en el Templo nos recuerda que Dios no está donde hay humo sagrado, sino donde hay amor real.

 

 
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