¿Jesús superhéroe? ¡No, gracias! La cristología antes del Vaticano II
Imagina que vas al cine a ver una película de superhéroes. El protagonista tiene superpoderes increíbles: vuela, no se cansa, todo lo sabe, nunca tiene miedo y siempre triunfa al final. ¿Te suena esa película? Pues durante mucho tiempo, antes del Concilio Vaticano II, muchas personas se imaginaban a Jesús exactamente así, como un superhéroe siempre en “Modo Dios”.
Este Jesús nunca dudaba, no sentía inseguridades y tenía absolutamente todo bajo control. Caminaba por Galilea como alguien que ya había leído el final del libro y sabía cómo terminaría la historia. ¿Lo imaginas? Era como un rey que llevaba un GPS divino integrado que le indicaba cada paso. Nada lo sorprendía, nada lo angustiaba de verdad. Su vida humana era más bien un disfraz, muy bien logrado, pero en el fondo él nunca dejaba de ser todopoderoso y omnisciente.
Este enfoque, conocido como “cristología desde arriba” o “deductiva”, partía desde lo alto: desde la certeza absoluta de que Jesús era Dios. Todo lo demás se explicaba desde ahí. Era como intentar conocerte a ti únicamente por tu título universitario o por tu perfil de Instagram: superficial y poco real. ¿Tu vida se reduce a tus títulos, a tus fotos, a lo que sabes hacer muy bien? Claro que no. Pues con Jesús ocurría algo parecido. Se ponía tanto peso en que Jesús era Dios, que su humanidad se quedaba casi en una anécdota secundaria.
Este Jesús parecía tener un cuerpo especial, como un súper-traje humano que nunca sufría realmente. Sí, claro que había una cruz y un sufrimiento en su vida, pero como él era Dios, se suponía que en el fondo no le dolía tanto. Era una especie de héroe invencible que, aunque tenía que enfrentarse a enemigos, siempre estaba seguro de que ganaría. Algo así como Iron Man o Thor, personajes geniales, sí, pero bastante lejanos a nuestra vida diaria. Por eso, aunque este Jesús inspiraba respeto y admiración, no era fácil conectar con él. A fin de cuentas, ¿cómo podía alguien que siempre lo sabía todo y que nunca sentía miedo entender tus dudas, tus angustias o tu incertidumbre?
Pero aún hay más: esta visión previa al Concilio afectaba también la forma en que se entendía la salvación. Jesús venía, según esta forma de verlo, a pagar una deuda que la humanidad tenía con Dios por sus pecados. ¿Te suena? Era como si nosotros hubiéramos acumulado un montón de deudas morales que enfurecían a Dios. Entonces Jesús se convertía en algo así como una tarjeta de crédito celestial, que con su muerte pagaba toda nuestra deuda. Gracias a ese pago, Dios quedaba contento y nosotros teníamos acceso al cielo, como quien obtiene un pase VIP para entrar a una fiesta exclusiva.
Este enfoque tenía consecuencias complicadas. Para empezar, presentaba a Dios como un juez severo, como alguien que necesitaba sangre y sufrimiento para calmarse y perdonar. Eso pintaba al Padre de una manera bastante dura, poco amable. Además, Jesús era visto casi exclusivamente como un héroe sacrificándose, pero no como un compañero cercano capaz de entender realmente cómo te sientes en tus días difíciles. Su ejemplo era maravilloso, claro, pero demasiado alto, demasiado lejano como para que alguien normal pudiera seguirlo. Podías admirarlo, pero resultaba muy difícil imaginarte viviendo como él.
«Vale, él pudo hacerlo porque era Dios», podrías decir, «pero yo soy humano. No hay forma de que pueda acercarme a eso«.
Este era precisamente el gran problema de esta cristología: hacía que la figura de Jesús fuera más divina que humana, más ideal que real, más perfecta que cercana. Y lo peor es que esta imagen tampoco hacía justicia a los evangelios. En las páginas del evangelio vemos claramente a un Jesús que se cansa, que siente dolor ante la muerte de su amigo Lázaro, que siente miedo en el huerto de Getsemaní y que duda y pregunta a Dios “¿por qué me has abandonado?” en la cruz. Jesús vivió una humanidad completa, real, auténtica. Una humanidad que no era ningún disfraz, sino la realidad más profunda de Dios: Dios que entra en nuestra fragilidad y vive desde dentro nuestra condición humana.
Entonces, ¿cómo debería ser una cristología más real, más cercana? Aquí es donde el Concilio Vaticano II introdujo un cambio radical: empezó a presentar a Jesús no solo desde su divinidad (que nunca se negó), sino también desde abajo, desde su humanidad real. La cristología después del Vaticano II ya no presenta a Jesús como un superhéroe, sino como alguien que verdaderamente comparte nuestra humanidad, que entiende nuestras dudas, que sabe lo que es sentirse solo, rechazado o incluso fracasado.
¿Eso significa que dejamos de creer que Jesús es Dios? ¡De ningún modo! Jesús sigue siendo plenamente Dios y plenamente humano, las dos cosas a la vez. Pero ahora entendemos que la mejor forma de descubrir a Dios es precisamente mirando a Jesús, no desde arriba hacia abajo, sino desde abajo hacia arriba, desde su humanidad real hasta su divinidad plena. Es decir: si quieres conocer a Dios, debes mirar de verdad al Jesús humano, cercano, vulnerable. En él, Dios se hizo presente en nuestra carne, en nuestro mundo, en nuestra historia. ¡Y eso cambia todo!
Esta forma de entender a Jesús lo acerca mucho más a nosotros. Ya no vemos a un héroe lejano, sino a un maestro y amigo cercano que comprende nuestras dudas, nuestras luchas, nuestro dolor, que nos mira a los ojos y nos dice:
“Yo sé lo que estás pasando. Yo también he estado ahí. Y puedes confiar en mí.”
Y así, gracias al Vaticano II, pasamos de admirar a Jesús desde lejos a caminar con Jesús desde dentro, con alguien que realmente comparte tu vida, que acompaña tus pasos y que, sobre todo, entiende profundamente lo que significa ser humano.
Pero cómo llegó exactamente el Vaticano II a ese cambio tan importante…
esa, amigo mío, es otra apasionante historia.