El grito de guerra de la primera semana de Adviento es «¡Velad!». A menudo interpretamos esta orden como una amenaza o una exigencia de no dormir por miedo a un castigo. Nada más lejos de la realidad. En este tercer tema descubriremos que la vigilancia cristiana funciona como un antídoto contra el miedo y la desesperanza. Siguiendo lecturas de Mateo, Marcos y Lucas veremos cómo nos ofrecen tres facetas de esta actitud: lucidez ante la rutina, fidelidad en la tarea y, sobre todo, la capacidad de levantar la cabeza cuando el mundo agacha la suya por la angustia.
Si tuviéramos que resumir la primera semana de Adviento con un solo imperativo, este sería sin duda: «¡Velad!». Sin embargo, tenemos un problema cultural con esta palabra. A menudo, cuando escuchamos este mandato en la iglesia, nos suena a una advertencia ansiosa, como si Dios fuera un policía escondido detrás de un arbusto esperando a que cometamos un error para multarnos. Pero si nos adentramos en el corazón del Evangelio, descubrimos que el mensaje es exactamente el opuesto. La vigilancia no es una invitación al miedo, ni una espera pasiva de brazos cruzados; se trata de una esperanza activa, responsable y profundamente liberadora. Es la actitud de quien sabe que algo maravilloso está por llegar y se prepara no por terror, sino por un deseo ardiente de vivir eso que está por venir. Para entender esta riqueza, la liturgia nos presenta un tríptico fascinante a través de los tres evangelistas que nos narran la Buena Noticia en el primer domingo de Adviento, donde cada uno nos revela una dimensión diferente de lo que significa tener los ojos abiertos.
Si miramos a través de los ojos de Mateo (Ciclo A, años 2025, 2028, 2031…), la vigilancia se nos presenta como un desafío a la rutina. Jesús compara su venida con los «días de Noé». Fíjate que no dice que la gente estuviera cometiendo crímenes horribles; simplemente «comían, bebían y se casaban». Estaban totalmente inmersos en su cotidianidad, anestesiados por la rutina, viviendo como normal lo que no era necesariamente normal. El peligro aquí no es ser «malo», sino vivir adormecido, dejando que la vida pase sin pena ni gloria. Mateo usa también la imagen del ladrón en la noche para decirnos que la venida de Dios es inesperada y no podemos preverla. Por tanto, vigilar aquí significa vivir con una lucidez constante, rompiendo la cáscara de la costumbre para que no se nos escape lo esencial. Se trata de no dejar que la rutina nos «robe» el sentido de la vida y la fe.
Si cambiamos la perspectiva a Marcos (Ciclo B, años 2026, 2029, 2032…), el tono cambia hacia la responsabilidad activa. Aquí la imagen es la de un hombre que se va de viaje y confía su casa a sus criados, dándole a cada uno «su tarea». La vigilancia deja de ser una cuestión de mirar al cielo y se convierte en mirar a las manos: ¿qué estoy haciendo con lo que se me ha confiado? Dios no nos quiere ociosos esperando el final, sino cuidando activamente de su «casa», que es este mundo y sus criaturas, nuestros hermanos y hermanas. Vigilar es sinónimo de trabajar, de cumplir fielmente la misión encomendada —sea grande o pequeña— sabiendo que el Señor puede volver en cualquier momento y lo mejor que puede pasar es que nos encuentre sirviendo. Es la vigilancia del amor operativo.
Pero quizás la visión más conmovedora y necesaria para nuestros tiempos es la de Lucas (Ciclo C, el año pasado en 2024, 2027, 2030…). Él nos habla de un escenario que nos suena familiar: las cosas van mal y lo que sentimos es angustia, las gentes viven inquietas, hay miedo y hasta señales cósmicas aterradoras. La reacción humana natural ante las crisis es encogerse, esconderse y protegerse. Pero Jesús lanza una orden contraintuitiva y revolucionaria: «Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación». Aquí la vigilancia es un acto de rebeldía contra la desesperanza. Mientras el mundo baja la mirada por el miedo, el cristiano la levanta por la esperanza. Esta actitud es un «dique resistente» contra el pesimismo. Lucas nos advierte que el verdadero enemigo no son las catástrofes externas, sino algo que ocurre dentro de nosotros: el «embotamiento del corazón».
Este concepto de corazón embotado es crucial. Imagina un cuchillo que ha perdido el filo y ya no corta, o una mente que está aturdida por el alcohol. Eso es un corazón embotado: se vuelve torpe, pesado e insensible. ¿Y qué es lo que nos embota hoy en día? El texto es tremendamente actual: «el vicio, la bebida y los agobios de la vida». A veces no es el pecado lo que nos ciega, sino la ansiedad, la saturación de preocupaciones y el ritmo frenético que nos impide discernir. Un corazón cargado de agobios pierde la capacidad de «alzar la cabeza» y ver que Dios viene a salvarnos, no a condenarnos. Por eso, estar despiertos es, en última instancia, un ejercicio de higiene interior: soltar el lastre de la ansiedad para mantener el corazón ligero, libre y capaz de reconocer la liberación que ya está llegando.
Podrías preguntarte…
- ¿Sientes que vives en «piloto automático» como la gente en los tiempos de Noé (trabajar, comer, dormir, repetir, sin agradecer)? ¿Qué pequeño gesto podrías introducir hoy para romper esa inercia y ser consciente de la presencia de Dios?
- Si Jesús volviera esta tarde, ¿te encontraría «haciendo tu tarea»? ¿Cuál crees que es esa misión específica que Él te ha confiado en tu familia, comunidad, misión o trabajo en este momento de tu vida?
- El Evangelio de Lucas habla del «embotamiento» por los «agobios de la vida». Identifica qué preocupación específica te está pesando más este tiempo. ¿Ese agobio te hace mirar hacia abajo (desesperanza) o te permite levantar la cabeza y pedir ayuda (vigilancia)?