No te bastas. Y eso es bueno

Hola y bienvenido al primer día de este camino en Ignis. Me alegra que estés aquí, dedicándote este tiempo, este «aparte» necesario para tomar aire.

Vivimos en una época curiosa, por no decir paradójica. Si miras a tu alrededor, o si te asomas a las pantallas que llevamos en el bolsillo, el mensaje que nos bombardea constantemente es el de la autonomía absoluta. Nos venden la moto del «sé tu propio jefe», del «no necesites a nadie», del «tú puedes con todo». Hemos convertido la independencia en un ídolo, en un becerro de oro al que adoramos sin cuestionar. Parece que la meta de la madurez es llegar a una especie de autarquía emocional donde nada nos afecte y nadie nos sea necesario.

Sin embargo, la realidad, esa que a veces nos cuesta tanto mirar a la cara porque nos devuelve una imagen que no es la del filtro de Instagram, nos dice otra cosa. Hay una desazón de fondo, un cansancio vital que arrastramos. ¿Y sabes por qué? Porque esa autonomía radical es una mentira. Y no es solo una mentira psicológica o sociológica; es, fundamentalmente, una mentira espiritual y antropológica.

La verdad, aunque nos escueza admitirla, es que el ser humano es relacional desde su concepción. No existe tal cosa como el «hombre hecho a sí mismo»; eso es un mito que hemos terminado por tragarnos. Como nos recuerda san Ignacio de Loyola en el Principio y Fundamento, «el hombre es criado». Fíjate bien en la palabra: criatura. Y ser criatura significa, por definición, que no eres el origen de ti mismo. Significa que tu existencia es un regalo, un don que has recibido. Dependes de Otro para existir, y dependes de otros para subsistir. Desde que nacemos, somos seres menesterosos: necesitamos que nos alimenten, que nos abracen, que nos enseñen a hablar, que nos miren para saber quiénes somos. Esa necesidad no desaparece al cumplir los dieciocho años; simplemente cambia de forma.

El problema, por tanto, no es depender. El problema es que, al pelear contra nuestra propia naturaleza de criaturas vinculadas, al negar esa realidad que nos hace ser lo que somos, nos volvemos —como dirían algunos eruditos— «invertebrados» espiritualmente. Nos quedamos sin esqueleto interno. Y aquí surge la gran paradoja de nuestro tiempo: huyendo de depender de personas reales (de los amigos que nos dicen la verdad, de la familia que a veces incordia pero sostiene, de la comunidad), acabamos cayendo en dependencias invisibles y mucho más tiránicas. Nos aferramos al éxito profesional, a la imagen que proyectamos, al consumo compulsivo o al «like» en las redes, buscando llenar desesperadamente un vacío que le pertenece a Aquel que nos creó para la comunión, pero a quien no queremos situar en el lugar que le corresponde.

En la espiritualidad cristiana, la pretensión de independencia absoluta tiene un nombre antiguo: pecado original. Es esa vieja tentación de querer «ser como dioses», autosuficientes, cerrados en nosotros mismos. Pero Jesús, el Maestro, viene a revelarnos otra lógica, la lógica de la verdad. Fíjate en Jesús: no quiso ser alguien solitario. Optó por nacer en una familia, necesitó que lo cuidaran, eligió amigos, lloró la muerte de Lázaro, pidió agua a la samaritana. Jesús no jugó a ser invulnerable.

San Pablo lo explica de una manera genial con la imagen del Cuerpo: el ojo no puede decirle a la mano «no te necesito». Nos necesitamos para ser funcionales, para estar vivos, para que la vida circule. Cuando nos empeñamos en ir solos, nos amputamos. Por miedo a depender, por miedo a que nos hagan daño, y ese es un miedo real —porque sí, vincularse tiene sus riesgos—, y para evitarnos heridas, nos aislamos y levantamos muros. Construimos búnkeres emocionales pensando que ahí estaremos seguros. Pero esos muros no nos protegen; en realidad, nos asfixian, aislan, atrofian y nos impiden respirar el aire del Espíritu.

Hoy quiero invitarte a que dejes de pelearte contra tus paranoias, prejuicios y complejos. No eres perfecto, no puedes con todo, necesitas de otros y de Otro y eso no es una debilidad que debas corregir. Fuiste creado por Amor y para el Amor, y el amor, el de verdad, siempre implica una sana necesidad del otro. Reconocer esto no te hace pequeño; te hace real. Te hace humano. Y es en esa humanidad compartida donde Dios se hace presente.

Por eso, la propuesta para hoy es sencilla pero profunda. No vamos a cambiar el mundo, ni vamos a resolver todas tus inseguridades de un plumazo, pero sí podemos empezar a cambiar tu mirada sobre tu persona.

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