La vigilancia no es un ejercicio mental que se queda en el sofá; exige movimiento. Una vez que hemos abierto los ojos (vigilancia), toca vestirse para la batalla del día a día. En este tema, basándonos en la Carta a los Romanos y la visión de Isaías, exploraremos el «doble movimiento» ético del Adviento: despojarse de las «obras de las tinieblas» (egoísmo y conflicto) para «revestirse» del estilo de vida de Jesús, convirtiendo nuestra fe en una praxis concreta que transforma espadas en arados.
Si en los temas anteriores hemos insistido en que el Adviento es despertar del sueño, ahora toca dar el paso lógico siguiente: nadie se despierta para quedarse en la cama mirando el techo. Despertar implica levantarse y vestirse para la acción. La vigilancia a la que nos llama este tiempo no es un mero ejercicio espiritual introspectivo o una emoción pasajera; exige una transformación concreta de nuestra manera de vivir. Aquí es donde la liturgia se remanga la camisa y baja al terreno de la ética. El apóstol san Pablo, en su carta a los Romanos, establece un puente indispensable entre «estar despiertos» y actuar en consecuencia, lanzándonos un desafío directo: «Ya es hora de espabilarse… dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz».
Para entender esta «arquitectura de la luz», debemos visualizar un doble movimiento simultáneo: despojarse y revestirse. Primero, hablemos de lo que nos pesa: las «actividades de las tinieblas». Cuando Pablo usa este término, no está pensando necesariamente en crímenes de película, sino en actitudes cotidianas que «adormecen» el espíritu y nos alejan del prójimo. El texto es muy gráfico y terrenal al enumerarlas: «comilonas y borracheras, lujuria y desenfreno, riñas y pendencias». ¿Por qué estas cosas son «tinieblas»? Porque todas brotan de la misma raíz: el egoísmo y la falta de dominio propio. Son formas de vivir cerrados en el propio placer o en la propia rabia, insensibilizándonos ante las necesidades de los demás y sumiéndonos en esa somnolencia espiritual que nos impide acoger la novedad de Dios. Si tu vida está llena de ruido, excesos o conflictos constantes con los que te rodean, estás viviendo adormecido con el «pijama» de las tinieblas, incapaz de moverte con agilidad hacia el Señor que viene.
Pero el Adviento no se queda en la renuncia; su fuerza está en la propuesta positiva. El mandato es «revestirse del Señor Jesucristo». Esta es una de las imágenes más potentes del Nuevo Testamento. Las «armas de la luz» no son un escudo mágico ni una espada láser; son un estilo de vida. Revestirse de Cristo significa adoptar activamente su forma de ser, eligiendo conscientemente un «atuendo» diario marcado por la humildad, el servicio desinteresado, el agradecimiento, la amabilidad y la generosidad. No basta con admirar a Jesús desde lejos; hay que «ponérselo» encima, de modo que, cuando la gente te vea actuar, vea algo de Su estilo en ti. Se trata de relacionarse a su manera, cómo Él y desde luego, con Él. No se trata de imitar un estilo, consiste en estar en su ámbito y permitir que el mirarle constantemente cambie nuestra sensibilidad y nos contagie algo de Él. La fe, si no se traduce en esta praxis concreta, se queda en un verbalismo vacío de «Señor, Señor» que no construye sobre roca.
Ahora bien, es normal sentirse abrumado ante esta exigencia y pensar: «¿Qué puedo hacer yo con mis limitadas fuerzas frente a los problemas del mundo?». Aquí entra una lección preciosa que se nos recuerda el miércoles de la primera semana de Adviento con el Evangelio de la multiplicación de los panes: la lógica de los «pocos panes y peces». A menudo pensamos que la acción de Dios requiere recursos extraordinarios o superhéroes, pero Jesús nos desmonta esa idea con una pregunta simple: «¿Cuántos panes tenéis?». No nos pide que solucionemos el hambre del mundo nosotros solos, sino que pongamos nuestra pobreza —nuestros siete panes y pocos peces— a su servicio. Dios cuenta con nuestra pequeñez para multiplicar su obra. La transformación comienza cuando dejamos de ser espectadores impotentes y nos convertimos en colaboradores generosos, ofreciendo lo poco que tenemos con confianza total.
El resultado final de este «revestirse» y de esta generosidad activa es lo que el profeta Isaías describe como el gran sueño de Dios: un mundo donde «de las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas». Al abandonar las «obras de las tinieblas» (que son nuestras espadas y lanzas personales de conflicto) y vivir revestidos de Cristo, nos convertimos en artesanos de la paz. Dejamos de usar nuestra energía para herir o competir («riñas y pendencias») y empezamos a usarla para cultivar la vida y la prosperidad de los demás. Esta es la verdadera praxis del Adviento: un compromiso ético que parte del corazón, se manifiesta en gestos pequeños de servicio y termina transformando el mundo, anticipando aquí y ahora ese Reino de justicia y paz que tanto esperamos.
Podrías preguntarte…
- Revisa la lista de «obras de las tinieblas» (excesos, riñas, egoísmo). ¿Cuál de ellas es tu «pijama» más habitual últimamente? ¿Qué conflicto o «riña» concreta podrías detener hoy mismo para empezar a despojarte de esa oscuridad?
- Si «revestirse de Cristo» fuera como elegir la ropa por la mañana, ¿qué prenda te falta más? (¿La paciencia con la familia? ¿La generosidad en el trabajo? ¿La amabilidad en el trato? ¿La mirada cariñosa sobre los otros?). Elige una para «ponértela» conscientemente mañana.
- Ante una necesidad que veas en tu entorno (alguien solo, una causa justa, un problema familiar), no digas «no puedo hacer nada». Pregúntate: «¿Cuántos panes tengo?». ¿Qué recurso pequeño (tiempo, escucha, algo de dinero) puedes poner en manos de Dios esta semana?