El Adviento es un «triple viaje». No solo miramos al pasado para recordar el nacimiento de Jesús, ni solo al futuro esperando su retorno final. El verdadero reto está en el presente. En este tema exploraremos el «Triple Adventus»: la memoria agradecida de Belén, la esperanza gozosa de la Parusía (que no es miedo, sino visita real) y, crucialmente, el «rastreo» de las huellas de Dios en nuestro día a día.
A menudo vivimos el Adviento con la mirada fija en una sola fecha, como si fuera una simple cuenta atrás lineal donde vamos tachando días hasta llegar a la Navidad. Sin embargo, si prestamos atención a la liturgia y a la intuición profunda que nos marca la liturgia de este tiempo, descubriremos que la realidad es mucho más rica y multidimensional. Como decía bellamente el jesuita alemán Alfred Delp, martirizado por el régimen nazi en 1945, el Adviento es un tiempo donde unos «hilos dorados» unen el cielo y la tierra, conectando nuestra historia en tres direcciones a la vez. La Iglesia nos habla de un «Triple Adventus», una triple venida que da sentido y unidad a nuestra fe, entrelazando la memoria, el discernimiento y la expectación en un solo movimiento vital.
Nuestro viaje comienza mirando hacia atrás, pero no con la nostalgia de quien mira fotos viejas, sino con la fuerza de quien revisa los cimientos de su casa. Este es el viaje de la Memoria. El Adviento nos prepara para conmemorar un hecho histórico: que el Hijo de Dios se encarnó y vino a nosotros en la fragilidad y ternura de un niño pequeño. Pero es necesario insistir,esta memoria de la Encarnación no es un simple recuerdo sentimental del pasado; es la base sólida sobre la que edificamos toda nuestra esperanza. Recordar que Dios ya ha entrado en nuestra historia, que ha asumido nuestra carne y ha tocado nuestra realidad, nos da la certeza absoluta de que no estamos solos y de que nuestra vida ya ha sido redimida. Es porque Él ya vino que podemos atrevernos a esperar que vuelva.
Pero aquí es donde la historia da un giro sorprendente y nos proyecta hacia adelante, hacia el horizonte último: la Expectación de la venida gloriosa. Y es aquí donde tenemos que detenernos para liberar nuestra mente de miedos infundados. Cuando oímos hablar del «fin de los tiempos» o de la «segunda venida», a menudo nos imaginamos películas de catástrofes o un juicio aterrador. Sin embargo, la teología cristiana usa una palabra técnica fascinante para esto: Parusía. Curiosamente, este término no nació en la religión, sino en la política romana. La «parusía» era la visita oficial del emperador a una ciudad, un evento que todos deseaban ansiosamente porque el emperador traía regalos, perdonaba deudas y mejoraba la ciudad.
Por eso, las primeras comunidades cristianas no vivían aterrorizadas por el fin, sino que gritaban con anhelo «¡Maranatha!», que significa «¡Ven, Señor Jesús!». Con el paso de los siglos, cambiamos esa alegría por el miedo del Dies Irae (Día de la Ira), de Alguien que viene para mejorar tu vida a alguien que viene a juzgarte con ira, pero el Adviento viene a rescatar la verdad original: la venida final de Cristo no es algo que temer, sino una «espera dichosa». Es el momento de nuestra liberación definitiva, donde se cumple la plenitud que tanto anhelamos. Así que, cuando mires al futuro, no veas tengas miedo; ve la llegada del Rey que trae la justicia y la paz.
Y entre ese pasado fundante y ese futuro glorioso, se encuentra el desafío más difícil y hermoso: el viaje al presente. Aquí es donde se juega nuestra vigilancia diaria. El mismo Señor que vino a este mundo a una aldea perdida y sin importancia, a la humildad de Belén y que vendrá en gloria, viene ahora a nuestro encuentro en cada instante. Esta es la vigilancia del «rastreo». Se nos invita a convertirnos en rastreadores de la presencia divina, a descubrir las huellas de Dios en lo cotidiano.
No es una búsqueda a ciegas, porque tenemos una pista clave: la memoria. Porque vino una vez en la carne (en Belén), podemos aprender a reconocerle hoy en la carne de nuestros hermanos y hermanas. Velar en el presente significa abrir los ojos del corazón para discernir su llamada silenciosa en el rostro del prójimo, en los problemas y alegrías de nuestro mundo, y en los signos de los tiempos. Dios está camuflado en tu rutina diaria, en la Eucaristía y en el necesitado. Este es el verdadero arte del Adviento: vivir con la certeza de que la historia no avanza hacia el vacío, sino hacia un abrazo, y que ese abrazo empieza a darse, misteriosamente, aquí y ahora.
Podrías preguntarte…
- ¿Qué imagen te viene a la mente cuando piensas en el encuentro final con Dios? ¿Un tribunal severo o la llegada de un amigo con regalos (Parusía)? ¿Cómo cambiaría tu ansiedad diaria si adoptaras la mentalidad del Maranatha (¡Ven, que te esperamos!) en lugar del miedo?
- El Evangelio dice que el Verbo se hizo carne, precisamente porque vino en la carne (Jesús histórico), podemos verle en la carne de nuestro hermano. ¿Hay alguna persona «difícil» o necesitada en tu vida actual a la que te cuesta mirar como un lugar donde Dios habita? ¿Qué pasaría si intentaras «rastrear» a Jesús en ella hoy?
- ¿Tu preparación para la natividad del Señor se centra solo en la nostalgia y la decoración (el pasado), o estás usando esa memoria para coger impulso y confianza para tus problemas actuales? ¿Cómo puedes convertir el recuerdo de Belén en «combustible» para tu esperanza hoy?